Aprendiendo Nuevas Técnicas
Aprendiendo distintas Técnicas con expertos
Leer másGrabados de Narada es un espacio para descubrir una obra naciente, sensible y auténtica. Aquí cada imagen busca detener la mirada, abrir una emoción y dejar una huella.
Una presentación cercana, más humana que académica, para que la obra se entienda desde su raíz.
Llegue al grabado sin una historia artística detrás, pero con una vida llena de vivencias y emociones que necesitaban un lugar donde expresarse.
Cada surco en el linóleo, en la madera o en el tetrapak he sentido que no solo trabajo una matriz: voy dejando parte de mi historia.
En ese gesto lento y profundo aparece la memoria, el paso del tiempo, lo que he vivido como mujer. No he buscado hacer “arte” en el sentido tradicional, sino ser honesta con lo que siento y con lo que soy hoy.
Aprender la técnica ha sido también un acto de valentía.
Darme permiso para crear, para equivocarme, para decir desde la imagen aquello que a veces no se puede decir con palabras.
En ese proceso he descubierto que nuestra experiencia, incluso sin estudios ni trayectoria, tiene un valor profundo y merece ser mirada.
Agradezco la guía y exigencia de mis Profesores Felipe y Cony, porque me han ayudado a confiar en mi voz y a comprender que cada huella que se deja en la matriz también afirma mi presencia.
Narada
Artista de grabado que transforma experiencia, memoria y emoción en imágenes impresas con una voz honesta y propia.
Una obra sensible, honesta y en desarrollo, con una voz propia que comienza a abrirse espacio desde la imagen impresa.
Una selección breve para mirar sin prisa. Pocas piezas, bien elegidas, pensadas para que cada una tenga su espacio.
Una selección pequeña y cuidada. La idea no es llenar por llenar, sino mostrar bien lo que realmente merece ser visto.
Esta obra surge desde la observación de la naturaleza no como un elemento decorativo, sino como una extensión del mundo emocional. Las formas vegetales que aparecen aquí no buscan reproducir fielmente una especie botánica específica; más bien construyen un paisaje orgánico simbólico, un pequeño universo donde hojas, flores, tallos y semillas conviven como signos de vida en expansión. Me interesaba trabajar una composición que se sintiera en movimiento, casi como si las plantas estuvieran creciendo frente a nuestros ojos. Las líneas no son rígidas ni cerradas; avanzan, se abren, se cruzan y se elevan, generando una sensación de brote constante. Hay una tensión entre control y espontaneidad que es propia de la linografía: cada corte es una decisión, pero también una huella viva, imperfecta, expresiva. El contraste entre negro y blanco vuelve a ser esencial. No solo define la forma, sino que crea un lenguaje de aparición. Lo blanco emerge desde la oscuridad como si la imagen estuviera naciendo desde el fondo, como si la luz fuera abriéndose paso dentro de la materia. Esa relación le da a la obra un carácter muy vital, casi ceremonial. En el centro visual aparece una estructura vegetal dominante, acompañada por otros elementos más pequeños que equilibran la composición. No hay jerarquía fija entre ellos: todo participa de una misma respiración. Algunas formas recuerdan flores abiertas, otras parecen hojas protectoras, y otras se acercan a semillas o cápsulas de origen. Esa ambigüedad me interesa, porque permite que la obra no se cierre en una sola lectura. Para mí, esta pieza habla del crecimiento interior. De esos procesos silenciosos que no siempre se ven de inmediato, pero que están ocurriendo todo el tiempo. Germinar, abrirse, resistir, transformarse. La naturaleza aquí funciona como metáfora de la vida emocional, de la memoria y de la posibilidad constante de renacer. La obra también tiene algo de refugio. No es una naturaleza salvaje y amenazante, sino una presencia viva que contiene, sostiene y recuerda que incluso en los espacios oscuros hay algo creciendo.
Esta xilografía/linografía nace desde la contemplación y el vínculo entre la figura humana y el paisaje interior. No quise representar solo una mujer frente a las montañas, sino una presencia que parece fundirse con ellas, como si el territorio y el cuerpo fueran parte de una misma memoria. La luna ocupa un lugar central como símbolo de intuición, silencio y ciclo. Su textura circular, casi vibrante, no busca una luna realista, sino una energía viva que observa y acompaña la escena. Frente a ella, el rostro en perfil aparece sereno, con los ojos cerrados, en un gesto de introspección, como si escuchara la voz de la noche o de la propia tierra. Las montañas no están trabajadas de manera rígida; sus líneas ondulantes les dan movimiento, respiración, incluso una especie de pulso. Me interesaba que el paisaje no se sintiera estático, sino orgánico, como si estuviera vivo y conectado con la figura. Lo mismo ocurre con el cabello y el manto, que se extienden en curvas semejantes a los cerros, creando una continuidad visual entre naturaleza y ser. El contraste fuerte del blanco y negro refuerza esa dualidad esencial: luz y sombra, exterior e interior, materia y espíritu. La técnica de linografía aporta además una crudeza noble, directa, donde cada corte queda como huella, como decisión irreversible. Eso le da a la obra una honestidad especial: no hay maquillaje, solo línea, ritmo y presencia. En el fondo, esta obra habla de pertenencia. De esa sensación de que no estamos separados del paisaje, sino hechos de la misma sustancia emocional y simbólica. La figura no domina la montaña ni la contempla desde fuera: ella es montaña, silencio, noche y memoria.
Un rincón para compartir avances, reflexiones, nuevas obras y pequeños momentos del camino artístico.
Crear desde cero, sin una trayectoria académica previa, también es una forma de afirmarse.
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Una mirada íntima al proceso creativo y al valor de dejar huella en la matriz.
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